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Hay un millar de Casinos distribuidos en todo el mundo. Pero aún con la variedad y los matices que supone el número, se pueden dividir en dos categorías básicas: estilo Montecarlo o estilo Las Vegas.
Esto es lo que se encontrará. Por un lado, casinos refinados y elegantes, situados por igual en suntuosos palacios de principios de siglo o en modernos edificio. Por otro, ruidosos megaestablecimientos, con enormes salones de 5.000 ó más metros cuadrados, y una decoración a veces estridente, que combina a la perfección con el sonido de las máquinas tragamonedas. Clase e informalidad son los extremos que por fortuna sólo ocasionalmente se funden en una amalgama de discutible buen gusto. Unos cobran entrada, a veces limitan el acceso exigiendo pasaporte o membresías y fijan ciertas normas en el vestir. Otros, reciben al público con los brazos de par en par, las 24 horas del día durante los 365 días del año, sin preocuparles la ropa que llevan puesta. Basta que tengan dinero en sus bolsillos y aparenten ser mayores de edad.
La tendencia general es mantener alguna de esas dos personalidades Y entre quienes eligieron el perfil señorial de Montecarlo sin duda están los casinos europeos. Los tradicionales, como Baden-Baden, que es anterior al del Principado, donde además se puede jugar a la ruleta bajo la luz de la luna; o el Palazzo Vendramin Calergi en Venecia. Ambos podrían disputarle la paternidad del estilo al mismo Mónaco. Y los relativamente nuevos, como el Ritz o el Crockford's entre los 21 clubes privados que funcionan en Londres, donde aún rige la norma de tener que esperar 48 horas exactas desde el momento en que se solicita personalmente la membresía, para comenzar a jugar. Se trata de una regla arcaica que, por fortuna, estaría a punto de ser derogada.
Los casinos belgas, como Spa, donde jugaba Pedro el Grande; los holandeses, los que se han puesto de moda en Europa del Este, o el de la Isla de Malta, se alinean con el estilo Montecarlo.
El estilo Las Vegas es común en todo Estados Unidos, de Nevada a Atlantic City pero también en los casinos flotantes de Nueva Orleáns, St. Louis y Baton Rouge. Y desde ya en el Caribe, cuyos principales clientes -y licenciatarios- son los mismos norteamericanos.
Los casinos de América latina, especialmente aquellos que son explotados por el Estado, derivaron a una identidad propia, en la que solo remontándose a sus orígenes se puede advertir la influencia cultural europea.
